
29 de abril del 2007...
En un "puente" (si no sabes qué es, es un lapso previo a un coro, a grandes rasgos) alcancé a oír el timbre de mi casa. Me acerqué a la ventana y vi al vecino. Me imagino que vino a pedirme que bajara el volumen, pero no salí, que se jodan, mi salud mental es mas importante que cualquier otra cosa en dos (y muchas mas) cuadras a la redonda. En fin. Seguí tocando, luego me di cuenta que el vecino había desistido. En particular, esto es algo que me gusta hacer. Además de poner el ejemplo sobre cual música es la que deben oír, (rock, metal, gótico...) me gusta que mi guitarra ocasione sonidos desgarradores, para joder al maricón afeminado regaettonero que, por desgracia, vive a lado de mi casa.
Poco tiempo después, llego la única persona capaz de reprimir, en medida considerable, mi comportamiento y mi sinceridad: mi progenitora. Ella no sólo odia cuando toco guitarra, sino que además, le da migraña. En el acto, me "sugirió" que bajara el volumen. ("¡Quita ese pinche desmadre!") Y en efecto, tuve que quitarlo. No me importo mucho en realidad, mi sed de relajación y de furia ya estaba saciada. Durante al menos dos horas, había saciado una de las mayores satisfacciones que un hombre, que en verdad sea hombre, disfruta más. No me vengan con estupideces de que reparar un auto o hacer que un ventilador funcione es de hombres. Lo que en realidad es para guerreros cubiertos de la sangre de sus rivales y con hambre de lucha, es tomar un instrumento y hacerlo sonar tan alto como tus tímpanos puedan soportarlo... Ah, y claro, jodiendo la vida a los demás. (Cuenta por dos si es a los reggaetoneros... imbéciles)
Mañana voy a tocar guitarra de nuevo en cuanto esté solo en
casa, pero ahora invitaré a mi amigo Arturo, que también sabe
rascarle a la guitarra y vamos a hacer reventar todos los vidrios
de la colonia.

Mi guitarra, una Fender Strat.